viernes, 30 de abril de 2010

TOLERANCIA CERO




Durante mil años, en China se desarrolló una práctica aberrante que consistía en vendar los pies de las niñas para deformarlos e impedir su crecimiento. Para conseguir el “pie de loto”, las madres cortaban las uñas a sus hijas, les rompían los cuatro dedos pequeños del pie y durante los diez años siguientes, gracias a vendajes opresivos, conseguían que las jóvenes tuvieran unos piececitos de siete centímetros, lo que, por otra parte, hacía las delicias eróticas del futuro marido. Aunque estas prácticas se prohibieron en China en 1911, se siguieron realizando en muchas zonas del interior hasta 1957. Lejos de responder a cánones de belleza, la finalidad última era controlar a la mujer, quien apenas podía caminar dando pasitos cortos para no perder el equilibrio. De los dolores de las criaturas, mejor ni hablar.
En la República de Myanmar, la antigua Birmania, viven las mujeres padaung, de la étnia kayan. Se las conoce como mujeres jirafas, ya que la superposición de anillos en el cuello desde la infancia, les oprime hacia abajo la clavícula y la cavidad de las costillas, creando el efecto de cuello estirado. Los collares, de más de diez kilos de peso, no se pueden quitar salvo para añadir más anillos ya que los músculos del cuello están tan atrofiados que no podrían mantener la cabeza erguida. Intento imaginar como se puede dormir, cocinar, dar a luz o pasear con esas espantosas anillas en el cuello.
Al margen de consideraciones personales, médicas o antropológicas, hay un hecho irrefutable: estas prácticas son elementos de la cultura de aquellas gentes. Por ello me pregunto si el Gobierno permitiría a las mujeres padaung, si estas vivieran en España, que continuaran con la tradición de colocar los diez kilos de metal alrededor del cuello de sus hijas. ¿Acaso es menos importante preservar la cultura kayan que la islámica? ¿Y si las chinas quisiesen recuperar la práctica de sus abuelas?
Y hablando de todo un poco, si se permite que las mujeres lleven niqab y burka en España, ¿por qué no se permite la ablación? Y por favor, que nadie me diga que es diferente porque no comprendo la diferencia entre aniquilar, torturar, inhibir, machacar, pegar, humillar, asesinar, dominar, matar, quebrar y silenciar. No hay diferencia, no es menos horrible arrojar a una persona desde el piso vigésimo quinto que hacerlo desde el trigésimo segundo igual que no hay diferencia entre beber un vaso de cicuta o un vaso de arsénico.
El Gobierno, este Gobierno, cualquier Gobierno, debería prohibir toda práctica que vulnere los derechos de las mujeres y dejarse de tonterías semánticas y estulticias etimológicas y no perder el tiempo inventando miembras y gerentas y prohibiendo colocar crucifijos en espacios públicos para no ofender a esta recua de maltratadotes, torturadores y falsos profetas que pretenden mantener el dominio sobre sus mujeres en Europa mientras disfrutan de la libertad y la prosperidad que les brindan la sociedad occidental.
Desde donde tengo el ordenador, puedo ver la entrada del supermercado que hay al lado de casa. Los he visto salir muchas veces después de hacer la compra; ellos delante, normalmente con vaqueros y deportivas, ellas cuatro metros detrás de sus maridos y cargando con las bolsas del supermercado, con vestidos largos y la cabeza cubierta por un pañuelo.
Si yo visitara Yemen, Afganistán o Arabia Saudita, no podría comportarme como lo hago en Madrid, París o Dublín y por supuesto, no me acostaría con ninguna lugareña porque mi libido se inhibe ante la posibilidad de una lapidación.
Ellos, en cambio, cada día muestran más descaro exhibiendo lo indefendible y exigiendo una consideración y un respeto que desde luego no tienen hacia sus mujeres.
Basta de demagogia. Dejemos esas absurdas comparaciones entre las tocas de las monjas y los pañuelos que usan las mujeres musulmanas. No caigamos en la trampa de tratarlas como a seres inferiores relegadas a una categoría inferior al de los hombres.
Mañana me pongo la peineta y la mantilla de blonda y me voy al Centro Islámico a buscar novia.